lunes, 9 de enero de 2012

La ciudad que no quiere ser

Cualquier fecha es oportuna para iniciar un viaje a cualquier lugar. El viaje en si, es un experimento continuo en el que se testan tus propias impresiones y sentimientos sobre el lugar al que te has dirigido. Por lo tanto, no hay fechas que hagan que el viaje sea mejor o peor, puesto que aunque tus sensaciones vayan a ser dispares, según en que fecha viajes, los sentimientos se van a ver estimulados con los descubrimientos que vayas realizando. Finalmente las conclusiones una vez realizado tal prueba, serán aquellas sin saberlo buscabas cuando ideaste aquel viaje.
Es necesario que matizar, que no siempre los lugares a los que uno se dirige, coinciden con aquellos lugares de ensueño que uno está acostumbrado a ver en revistas de viaje, programas de televisión etc… sin embargo, estos lugares son necesarios. Básicamente van afianzar el crecimiento personal, puesto que el hecho de ver lugares alejados de estas postales ejemplares, hace replantearse a uno por qué la existencia de las normas cívicas, la importancia de cierto orden y finalmente, te hace tener claro que cualquier cosa no vale.

En mi último viaje, me encontré con uno de estos lugares: la ciudad marroquí de Casablanca. A pesar del pensamiento bucólico que nos suele producir este nombre al asociarlo con la película del mismo nombre protagonizada por el mítico Humphrey Bogart, la ciudad, la más grande del reino alauita, es en la actualidad una ciudad despiadada, sucia, oscura y en decadencia. Declive, que no coincide que su pujanza económica, puesto que se ha convertido en la punta de lanza del crecimiento marroquí. Esto hace atraer la esperanza de miles de personas que con las ayudas de sus antenas parabólicas, imprescindibles en los tejados del país, a bkuscar una forma de vida occidental y dejan atrás sus tierras y hogares en las zonas rurales del país. Es la prolongación del sueño americano en Marruecos. Es la huida hacia la desesperación.

Al llegar al aeropuerto de la ciudad, unos pulcros centinelas cuidaban dentro de sus garitas de cristal brindado el paso de los extranjeros que poníamos el pie en suelo Marroquí. Posteriormente el tren nos proporcionó 32 minutos de camino que nos fue dibujando la realidad de la ciudad. Barrios de chabolas, se alternaban con barrios residenciales en construcción y mientras, animales domésticos campaban a sus anchas por doquier. Era tan solo un aperitivo.
Lo cierto es que mi mirada de europeo nos jugó una mala pasada al legar a la ciudad, puesto que lo que se suponía que era el centro neurálgico de comunicaciones en marruecos, la Gare Casa Vouyagers, que en mi imaginario la había construido como un edificio grande en importante, en realidad era un descampado en el centro de la ciudad con un edificio en el lateral para acoger a los viajeros del tamaño de una estación de ciudad de provincias. Al no ver claramente ningún cartel que nos indicara la ubicación, decidimos permanecer en el tren hasta la siguiente parada. Fallo garrafal puesto que nos hizo perder alrededor de 30 minutos.
Finalmente, al salir de la estación, un taxista nos recibió, ofreciéndose a llevarnos a cualquier sitio por 5 euros, allí comenzó nuestra experiencia como regateadores, contento por bajar un euro el precio, llegamos al hostal que estaba situado a las afueras de la medina. El hombre que lo regentaba, era una de estas personas que intentaba agradar a base de ser despiadadamente borde, pero finalmente encontramos uno de los únicos aliados en esta ciudad. El paseo por la Medina al oscurecer, ocultó por algunos instantes las expectativas que el viaje había creado. La medina, lejos de ser un lugar evocador, era un escenario de guerra, con los suelos de las calles a medio construir, suciedad, insalubridad y cierta sombra sospechosa allí por donde miraras. Sumado a esto, cada vez estaba más presente una densa neblina de contaminación fortalecida por el rodar de las motocicletas dentro de la medina y el gran volumen de tráfico en las calles adyacentes.

Salir de la medina se convirtió en una necesidad, no pasó por nuestra cabeza cenar en alguno de aquellos puestos que ofertaban todo tipo de alimentos, dentro de la Medina. Sería como jugar a la ruleta rusa. La carne se mostraba en poyetes sin ningún tipo de refrigeración ni de protección a la suciedad de la calle, las frituras se hacían en el interior de cocinas, a la vista de todos, paupérrimas.





Pronto nos dimos cuenta que la fachada de la ciudad cambiaba, las avenidas se abrían, los edificios crecían y no existía un tumulto de gente a nuestro alrededor. Sin embargo, esos cambios no eran el signo de que la ciudad nos mostrase una cara más amable, al contrario, la ciudad se mostro prácticamente deshumanizada. Cruzar a la cera de enfrente de la misma calle era una difícil misión en la que la vida estaba en juego. A pesar de la existencia de señales de tráfico, la percepción sobre sus posibilidades de seguir adelante de los conductores era la que decidía sobre tu vida. Lo cierto, que al tomar aquel taxi en la estación nos dimos cuenta de como se regía el tráfico en la ciudad; el claxon era el salvoconducto que te permitía realizar cualquier maniobra. El tradicional slogan marroquí que dice que “la prisa mata” parece no tener efecto aquí y todo el mundo tenía la imperiosa necesidad de llegar donde sea y de cualquier manera. El corazón ascendía súbitamente a la garganta cada vez utilizábamos uno de estos vehículos o cada vez que abandonábamos las aceras para cruzar la calle. Sin embargo, dentro de aquel caos, la normalidad con las que aquellas gentes vivían aquellos hechos, nos hizo pensar, que quizás existiera cierto orden.

Es curioso como el único elemento que conseguimos ver que se salvaba de esa descripción era la faraónica mezquita de Mohamed V, junto al mar, limpia y pulcra. Nada que ver con el resto de la ciudad. Esto, unido a la omnipresente presencia de la imagen del rey Mohamed VI, me da a entender como una sociedad, a pesar de tener una estructura jerárquica de poder anquilosada, puede estar más cerca de la anomía (falta de normas) que una sociedad con un jerarquía más descentralizada y por lo tanto con más autonomía. Desde luego, es fácil pensar que en una ciudad donde se producen fuertes contrastes e injusticias, las personas hayan decidido prescindir de normas para salir a delante. El símbolo de poder que supone la mezquita, es sinónimo de irrealidad, de querer aparentar armonía en las mismas puertas del infierno. El minarete erigido a modo de faro en el mar, se encuentra con la paradoja de crear la sombra que deja a oscuras la ciudad.