martes, 19 de julio de 2011

Subir al recuerdo


 Muchas veces, un error comienza  con una buena decisión. No se utiliza la palabra error cuando decidimos hacer cualquier cosa, y de casualidad sale algo beneficioso. Es curioso, en ambos casos la consecuencia final no esta contemplada, pero en unos casos se trata de un error y en otros  casos de tener una gran suerte. Ambos son errores. En mi caso, aquel día, la idea me había estado rondando durante varios momentos. Y fue por la tarde cuando decidí acabar con el aburrimiento que zonas de baño ejercen sobre mi para comenzar un solitario ascenso al olvido.

Naturalmente que olvidar no estaba entre mis pensamientos, al contrario; la memoria de cada una de mis “hazañas” están ligadas a la intención de que prevalezca sobre mi conciencia una sensación de orgullo, aparte de seguir en el largo y arduo proyecto personal que comencé hace ya 6 años cuando comencé la universidad. Proyecto en el que contemplé la necesidad de formar mente y físico para no generar envidia entre la dualidad. Por lo tanto, embarcado hacia aquel proyecto, pedaleando mi bicicleta comencé la ascensión al pico blanco.

La subida no fue muy difícil, prácticamente el primer kilómetro es el más difícil, comienzas frío y con unas rampas con unas pendientes extraordinarias, pero el deporte implica mantener la mente fria y no dejarse influenciar por las temperaturas que el cuerpo está alcanzando, hay que contar con que la fisiología del sudor y el reposo del descanso sofocaran los fuegos que se producen. Después de ese amargo kilómetro el camino no deja apenas de ser una subida con rampas lo suficientemente escarpadas como para no ir a un ritmo rápido, sin embargo, la pista se suaviza y comienza a ser más fácil subir.

La velocidad a la que se sube, permite lo que los monjes del renacimiento llaman vida contemplativa, ya sabrán aquel verso de  Fray Luis de León que dice “Dichoso el que huye del mundanal ruido...” pues con ese ascetismo se produce en la subida. Siendo yo un ferviente ateo es extraña la comparación que he hecho ¿Verdad? Pues lo cierto es que no. La meditación, la contemplación sobre los lugares por los que voy es quizás uno de los puntos culminantes de mi afición. Eso si, nada tiene que ver con la búsqueda de Dios, que preocupaba el asceta salmantino. Yo me siento pleno, en el caso que me encuentre con migo mismo, cosa que en el caso de ir en solitario, como suelo por aquí, es fácil.

  Curva cerrada a la izquierda. Cambio de marcha. La pista se torna muro. Lo que en el argot ciclista se denomina escalada, se convierte prácticamente en literal. En el giro, se termina la subida tranquila, el camino se convierte en un enemigo con el que se inicia una lucha dura. Tan dura que desaparece la mayoría de las cualidades que aprecio del deporte y solo persiste el reto, lanzarte un órdago a ti mismo y a ver como respondes. Así es esa rampa, acaparadora de la mente, solo deja espacio para pensar en el cansancio y un resquicio en la cima a la que he de ascender. Ese lugar del que empiezas a visualizar minutos antes que empieces a verlo, pero es una visión muy confusa. Una visión que no puede ser clara en ningún momento puesto que en todo momento se cierne sobre ti el pensamiento prioritario: Una vez más la rampa. Es como si fuera una obsesión que te golpea repetidamente, mina tu  moral y tus piernas, pero a medida que vas avanzando a duras penas se va produciendo un pensamiento que sirve de fuerza extra. Esta ilusión es que ya debes estar llegando. El tramo o “infierno” del que hablo han de ser en realidad menos de dos kilómetros por lo que según pasa el tiempo parece que estas más cerca, es una cuestión de lógica. Como se dice en las retrasmisiones deportivas de categorías como la que nos trae, “se sacan fuerzas de flaqueza”. De repente curva cerrada a derecha.


Un pedregal se hace camino, no hay otro, el único hacia el fin, el que esta delante. Pero la curva se tuerce, parece algo obvio, pero en realidad su trazado se hace imposible con una bicicleta y sin quererlo te hallas con un pie a tierra y con la vista fija en esa ultima rampa de piedras sueltas que resta. Iniciar la marcha no es fácil. En varias ocasiones vuelves a poner el pie en tierra para reiniciar, hasta que encuentras el momento y por fin, renqueante inicias el último esfuerzo, el último aliento y en poco tiempo pasas de perder la visión de la cima a estar plenamente en ella. Y ese es momento para el deleite. Yo me suelo bajar con estrépito de la bicicleta, y me apuro a subirme al mirador, al llamado “bicho blanco” y con un grito, una vieja tradición de montañero, celebro mi logro. Puede parecer estúpido pero muy cierto es que sirve de catarsis, y por tanto,  tiene su función emocional y creo que de atenuante al cansancio que se ha cebado minando mente y piernas para impedir que vuelva ha hacer una locura como la de subir con una bicicleta un monte. Una vez hecho el rito, comienza el descanso y creo que no puede ser más gratificante que estar sentado en una puesta de sol con las magnificas vistas que ofrece el mirador del pico. Ensimismarse es fácil cuando te sientes agotado. Fijar la mirada en un punto y quedar absorto a los sentimientos durante un tiempo en realidad incierto, puesto que este hecho conlleva el perder completamente la noción de él. La plenitud se palpa y en los tiempos que corren, sentirla de esta manera es difícil, me siento afortunado por conformarme con algo tan sencillo.

 Sin saber por que, salta una señal que te hace volver a la realidad, y no hablo de una señal física que se pueda percibir claramente, más bien, hablo de un palpito que hace que uno mismo se sobresalte y se interrumpa esa plenitud. Pierdes la perspectiva del paisaje que hay ante ti y te vuelves a fijar en la bicicleta, cuando digo bicicleta, puedo decir coche, trabajo, estudios, en fin que dejas esa ascesis a la que antes hacia referencia para volver a lo que te circunda. Me levanté, bajé los pasos del mirador y me dirigí a la bicicleta.
Ese es mi último recuerdo sobre ese día, ahora solo tengo imágenes prestadas. Relatos que personas implicadas han llevado hacia mi y que yo he hecho míos. Pero a pesar que gasto parte de mi pensamiento en intentar recordar, estoy apunto de desistir y es que ahora, después de un tiempo no me importa lo que realmente paso y me lanzo hacia esas historias de muchas personas, así hoy cuando cuento a alguien conocido mi historia de aquellos días utilizo aquellos recuerdos.